5 nov 2016



Amalia Torres, la vidente arayera que se estableció en Santa Úrsula.


Como pudimos ver en la publicación anterior, nuestros antepasados recurrían  fundamentalmente para la curación de sus males a las curanderas/os que eran perfectos conocedores de remedios para curar a través de plantas, debido a que los médicos no estaba al alcance  de todo el mundo, eran profesionales escasos y había que desplazarse para acceder a sus servicios, por lo que fueron casi inaccesibles para nuestros antepasados.


En este mundo pseudoprofesional de la sanación sobresalió una arayera y no lo hizo precisamente en su entorno, ya que debido a la movilidad de su familia, jornaleros de campo, terminó asentándose en Santa Úrsula. Cuando terminen de leer esta publicación entenderán que Amalia Torres, no fue una curandera “al uso”, su verdadera  capacidad o dotación fue “la videncia”. Y el ejercicio del curanderismo (como medio de sanación) siempre estuvo supervisado por un médico, médico que requería de sus “capacidades extrasensoriales” en los casos difíciles  que atendía por toda la isla.


Como comentamos en la publicación: Nicolás Marrero Díaz el arayero que fue alcalde de Santa Úrsula, los lazos de parentesco  que existen entre los habitantes  de Araya, Las Cuevecitas y Malpaís  se concentran mayoritariamente en un solo municipio de la Comarca de Acentejo, Santa Úrsula, los cuales se vieron favorecidos por el asentamiento de don Nicolás Marrero en la zona y los cargos que este ocupara en el ayuntamiento de Santa Úrsula. Por eso son muchas las familias de nuestro entorno que cuentan con familiares allí, un ejemplo de ello son los Torres de Araya.


Tenemos constancia que se asentaron en el barrio de La Tosca de Ana María en 1901, cuando el arayero Dámaso Torres Castro contrajo matrimonio con la santaursulera Peregrina León León. Para desenredar esta familia tuvimos la gran fortuna de entrevistar en varias ocasiones a una de sus descendientes, Guadalupe Torres León, “Lupe”, todos los calificativos para definir a esta pequeña gran mujer son pocos, era una gran conocedora no solo de la estructura de su propia familia, sino que también lo era de la de otros paisanos que, como su padre y su esposo (también arayero), “viraron de la cumbre pa’ atrás”, para trasladarse a vivir a Santa Úrsula. “Lupe”, que así le gustaba que la llamasen, fue una transmisora oral innata y con “un rejo” como pocos hemos visto y todo ello pese, a la ceguera a la que su avanzada edad, la había llevado a padecer y que permanecía casi todo el día en cama.


Ella nos desveló todos los entresijos de los Torres de Santa Úrsula y los diferentes enlaces familiares que durante décadas se llevaron a cabo entre los Torres de Araya y los Torres de Santa Úrsula. Fue una familia muy endogámica,  lo que hace posible que en la actualidad existan casi tantos Torres “en el norte” (Santa Úrsula) como en Araya. “Lupe” hacía escasas diferencias entre sus antepasados, a todos les guardaba un gran afecto y cariño, pero esas escasas diferencias siempre las hacía para resaltar a una de sus antepasadas, ya que le había permitido disfrutar de la oportunidad, cuando ella era niña, de conocer casi toda la isla de Tenerife, en unos tiempos en los que no era frecuente moverse por la geografía insular. “Lupe” siempre acompañaba a “Amalia la sajorina” en todas “las visitas” que hacía fuera de Santa Úrsula. 

“Visitas” a las que acudía Amalia Torres acompañando a un médico que requería de sus “capacidades extrasensoriales” para atender “conjuntamente” los casos difíciles, combinado así la videncia y el conocimiento de “otros medios de sanación” con los conocimientos científicos y médicos.


 - “Lupe”, ¿quién era esa “Amalia la sajorina”?, - Si yo te contara… . Y ahí, en esa intriga y palpable respeto, dejaba casi siempre en el limbo la información concerniente a las prácticas que como vidente, curandera y santiguadora ejerció Amalia Torres, no solo en Santa Úrsula sino en toda la isla de Tenerife.



María Amalia Torres Torres nació en Araya en 1891. Siendo niña emigró, junto con toda su familia a Cuba, su padre, tíos y primos solían pasar largas temporadas trabajando como jornaleros por zafras en ese país. La familia se asentó en la finca El Drago, en Güines, donde su padre, Paulino Torres Castro, estuvo empleado unos años antes de regresar definitivamente a Tenerife. Una vez en la isla la familia se desplazó “al norte” (Santa Úrsula) donde su pariente, Dámaso Torres Castro regentaba junto a su esposa un negocio familiar de transportes y venta de vinos de la zona, los acogió y les prestó ayuda para instalarse allí. Y es en este momento cuando Amalia comenzó a ser conocida por sus “dotes naturales”  como vidente (popularmente llamados “sajorinos”) y curandera. 


Y lo que "Lupe" se reservó y nunca nos contó sobre la vida de Amalia Torres, finalmente medio lo extrajimos del artículo que adjuntamos y que fue publicado en el periódico Jornada en julio de 1988.

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Amalia Torres, la última zahorí del Puente de Hierro.

Hasta hace poco la casa donde vivió la zahorí de Santa  Úrsula doña Amalia Torres, fue lugar de peregrinación de gentes que anhelaban encontrar remedio a sus males y enfermedades, aparentemente incurables y que procedían de los diferentes rincones del Archipiélago. Han transcurrido más de treinta años desde su muerte y sigue siendo punto de referencia en las conversaciones de la gente que se siente atraída por las santiguadoras y curanderos que ejercen su oficio aún a las puertas del Siglo XXI en la era de la Ciencia y la Tecnología. Con la santiguadora y zahorí Amalia Torres culmina una importante etapa del curanderismo en Tenerife y en el Archipiélago, por la resonancia que tuvo su acertado quehacer y por las especiales virtudes humanas que jalonaron su quehacer.

Todavía hoy pervive en el recuerdo de los vecinos del barrio de Toscas de Ana María, en particular,  y de las diferentes zonas de la Comarca de Acentejo, en general << las buenas obras realizadas por esta mujer que es digna de ser considerada como una santa>>, según el testimonio de doña Magdalena que a sus 83 años siente nostalgia y pena <<de no tenerla en vida, para que con su sabiduría aliviara mis males. Era una mujer muy generosa con los vecinos>>. Muchas personas procedentes de otras Islas se han desplazado hasta esta localidad en busca de doña Amelia, pero han tenido que regresar con las manos vacías… porque han pasado más de tres lustros desde su fallecimiento y no se encuentra una curandera de su categoría y talante humanos.

<<Todos los vecinos pedíamos sus consejos>>

Doña Magdalena nos recibió en su casa a pesar de hallarse enferma. Sus hijas coinciden en resultar las cualidades de doña Amalia, mientras ayudaban a incorporarse a su madre, para que nos contara las anécdotas y acontecimientos más importantes relacionados con las actividades de esta vidente, que era entrañable amiga y vecina. Ella era natural de Candelaria, explica y desde que era una niña se trasladó con sus padres a Santa Úrsula, donde residió hasta su muerte. Fue madrina, comadre de todos mis hijos, salvo de uno que se encuentra en Brasil, por lo que ya se puede hacer una idea de los lazos que nos unía. Don Juan José casó con ella en segundas nupcias, era viudo y mucho más joven.

Cuando mi hijo fue para Brasil, agrega, tardó muchos meses en escribirnos y temíamos por su vida. La travesía duró tres meses, ya que había partido en una embarcación modesta. Mi comadre nos tranquilizaba asegurando que estaba vivo, pero que lo estaba pasando bastante mal. Pasado un tiempo recibimos cartas suyas de su feliz llegada a América.

Doña Magdalena destaca entre otras cosas que Amalia Torres siempre estaba dispuesta para hacer el bien y nunca el mal. Renunciaba a toda proposición que supusiera causar dañó a otras personas, a sus semejantes. Era muy desprendida y por tal razón, debido a un descuido y  excesiva buena fe perdió una casa. Recién casada yo, tuve una enfermedad que hizo que no me ocupara de mis hijos. Después de haber acudido a muchos médicos, decidimos que me observara doña Amalia, quien encontró solución a mi problema. Conmigo se comportó como si hubiera sido mi madre, así la considere siempre. Casi todo el mundo en el barrio, en Santa Úrsula acudía a su casa para escuchar sus consejos y seguir sus indicaciones.

Para las buenas gentes del lugar y de numerosos barrios de las Islas, lo que decía doña Amalia iba a Misa. Su palabra tenía fuerza de ley.

<<Curaba todos los males, menos las enfermedades congénitas>>

Ismael Guzmán Afonso conoció de cerca las virtudes curativas de doña Amalia Torres y tiene amplias referencias e infinidad de testimonios orales que avalan sus especiales dotes. Estima que no era una curandera cualquiera porque actualmente muchas personas suelen presumir de tener  un dominio de la santería y ser meros aficionados o farsantes que se creen unos sabios por haber leído algunos libros.

Ismael Guzmán afirma que ella tenía el don de curar todos los males, salvo las enfermedades congénitas. Cuando alguien acudía a su casa cerca del Puente del Rey Alfonso XIII (Puente de Hierro), que comunica con la Victoria, ya intuía lo que le pasaba y si su afección requería una asistencia especializada o no. En el caso que se tratara de un asunto complicado recomendaba a la "paciente” que acudiera a un médico. Nunca recetaba medicamentos, porque consideraba que no estaba facultada para ello, aunque si recomendaba determinadas plantas y preparados medicinales. Antes encargaba la elaboración de los productos a los boticarios, o farmacéuticos. Doña Amalia  tenía unas dotes extraordinarias para curar y deshacer maleficios. En las zonas rurales abunda esta creencia  e incluso en las ciudades, aunque se disimula bastante. Hoy en día se está haciendo mucho daño con estas prácticas por personas sin escrúpulos y con él mero afán de lucro, a cuenta de la buena fe y salud de las gentes sencillas. Nuestra santiguadora nunca se prestó a tales artimañas, por lo que su recuerdo perdurará siempre.

Ismael Guzmán Afonso que se considera un entendido en estas ciencias, cuenta que se dio el caso de una mujer que no podía convivir con su marido porque bebía mucho y fue a pedirle un remedio a doña Armalia, pero ésta le respondió que no podía ayudarla, que era mejor que se separara, o lo dejara, antes que causarle algún daño que pudiera ser irreparable. Como ejemplo narra una anécdota significativa, recuerdo que a mi madre le habían robado las gallinas y al dar cuenta del hecho, doña Amalia le reveló el paradero de las aves sustraídas. En el Cuartel de la Guardia Civil indicó las características de cada una de las gallinas, la blanca, la negra, la de cuello peludo y la canela, entre otras, sin haberlas visto con anterioridad logrando que se devolvieran a su dueña. Según decía, se hallaba entre el barranco y cuatro caminos distantes de su casa.

<<No sabía ni leer ni escribir>>

La zahorí (“zahorila” en el lenguaje popular) de Santa Úrsula no sabía ni leer ni escribir, según afirma uno de sus parientes e Ismael Guzmán. Estuvo muchos años en Cuba y su padre no quería que se dedicara al curanderismo -Le prohibió-, puntualiza el señor Guzmán, <<que continuara esas prácticas porque no las consideraba verídicas y dudaba de su fiabilidad. Su padre, para desengañarse, le preguntó si sabía cuántas plantas habían en el patio de su casa, sin contarlas y ella le nombró, indicó la ubicación y el nombre de cada una>> .  A pesar de los años transcurridos desde su fallecimiento una aureola de misterio envuelve su memoria entre los habitantes de esta localidad, que encuentra su delimitación entre la realidad y la leyenda.

<<Antes de nacer lloró en el seno materno>>

Afirma Ismael Guzmán y los vecinos del lugar que han escuchado las narraciones de las personas mayores y ancianos que <<dicen que antes de nacer lloró en el vientre materno y que se podía ver una cruz en el "cielo de su boca". Hasta los más escépticos tienen sus interrogantes y sus reservas >>.

Con este reportaje sobre la zahorí tinerfeña se ha pretendido abrir el camino para futuras investigaciones sobre esta singular mujer, en el contexto del estudio racional del fenómeno del curanderismo en las Islas como un hecho cultural.


28 oct 2016



La loca de Candelaria. Discapacitados, los dejados de la mano de Dios.

Si ustedes ya han leído nuestras publicaciones anteriores: “Araya, Las Cuevecitas y Malpaís en 1848", “Llegada del agua potable a Candelaria", o “María Marrero Castellano, la amancebada que no podía ser enterrada en el cementerio católico", les será más fácil entender la presente publicación. Porque según fuimos adquiriendo un conocimiento más profundo de las condiciones de vida de nuestros antepasados hubo otro grupo social, que nos atrajo especialmente el interés, y ese fue el de los discapacitados,  porque si para las demás “almas”, el sobrevivir al día a día fue duro, para ellos, los discapacitados, aún lo fue mucho más .


La discapacidad es la condición que se les da a las personas que presentan una deficiencia física, mental, intelectual o sensorial y que afecta a la forma de como esas personas se relacionan con el resto. En el pasado, fueron llamados impedidos, tullidos, cojos, mancos, ciegos, mudos, bobos, etc…, personas a las que los nombretes o motes se les aplicaban como auténticas etiquetas descriptivas  “el Rengo”, “el Bizco”, “la Sorda”, “la Herniada”, etc... .

Nos llegó a sorprender que en determinadas épocas hubieran sido, especialmente numerosos, en nuestros pueblos.  Pero la sorpresa fue en aumento a medida que fuimos conociendo diferentes casos y aspectos de sus vidas.Los hubieron tanto en Malpaís, Las Cuevecitas como en Araya, un ejemplo, fue el caso de varios hermanos ciegos de Araya, que vivieron confinados en un grupo de cuevas habitables que se encuentran al borde del andén de un profundo barranco y del que casi no salían para no accidentarse. Evidentemente, como la gran mayoría de las discapacitadas, las mujeres de este grupo de ciegos, fueron todas madres naturales de varios hijos e hijas, con lo que sus ya precarias condiciones de vida no solo les afectaron a ellas como discapacitadas sino también a sus hijos. Pero aun así, una de estas hermanas ciegas, fue capaz de superarse y esforzarse lo inimaginable y más, hasta que montó un negocio propio, “una venta”, un lugar donde vendía productos de primera necesidad  para un reducido número de vecinos y que también servía de lugar de reuniones donde los hombres jugaban a la "baraja" (las cartas)  y bebían “algo”.


Parte de las discapacidades que sufrían nuestros antepasados, se debían a la alta consanguinidad existente entre ellos, pero otra parte eran producto de accidentes, caídas, golpes, etc., fruto todas ellas de trabajar en duras labores físicas durante largas jornadas diarias al aire libre. Labores que realizaban tanto hombres, mujeres como niños, lo cual era condición indispensable para asegurarse  el escaso alimento diario y muchas veces ni para eso. Si un miembro de la familia tenía un accidente, decaía su fuerza o enfermaba pasaba a depender del resto del grupo familiar, con la consiguiente carga que eso podría suponer para los demás. Esto, empeoraba cuando nuestros antepasados eran trabajadores de “tierras ajenas” (porque no poseían tierras propias), y trabajaban de “medias” o vendían su única fuente de ingresos, su fuerza física, a cambio “del sustento” (la comida). Si tenían un accidente o cualquier enfermedad no existían los “subsidios”, se quedaban sin “sustento” y pasaban a depender de sus familias, si las tenían, y si no… de las limosnas.


Otro factor promotor de discapacidades eran las enfermedades que sufrían. Nuestros antepasados padecieron de frecuentes hambrunas causadas, casi siempre, por largos periodos de sequías, lo cual favorecía el rápido desarrollo de enfermedades. Los enfermos en nuestros pueblos eran atendidos fundamentalmente por curanderas que eran perfectas conocedoras de remedios para curar a través de plantas, pero las enfermedades infecciosas estaban fuera de su alcance. Eso, eran cosas mayores y propias de médicos, profesionales que no estaba al alcance  de todo el mundo, hay que tener en cuenta también el escaso nivel y los mínimos recursos que tenía la medicina en esas épocas, además de que eran profesionales escasos, y había que desplazarse para acceder a sus servicios, bien a Güímar, a Arafo y más recientemente a Candelaria, pero lo que los hacía realmente inaccesibles para nuestros antepasados eran “sus honorarios”.


Por ello, en muchas ocasiones, las enfermedades traían la pobreza y esto se convertía en un círculo de difícil solución. Que unido a las deficientes condiciones higiénicas  que existían, amparadas fundamentalmente por la escasez de agua, el hacinamiento y las malas condiciones de las casas, las cuales frecuentemente eran compartidas por muchas personas, esto favorecía el desarrollo de todo tipo de infecciones y epidemias como las de lepra, gripe española, fiebre amarilla o las de viruela en las que los que lograban sobrevivir solían quedar estériles, ciegos y físicamente marcados (la enfermedad provocaba la aparición de ampollas de pus en la piel que al secarse quedaban en forma de costras que al caerse dejaban cicatrices permanentes)  por lo que siempre se evitaba el contacto con ellos por miedo al contagio.Es evidente que existió una relación directa entre pobreza, enfermedad, marginalidad y personas con discapacidades.








Todas estas situaciones de frecuentes hambrunas, enfermedades y epidemias, provocaban aún más discapacidades ya que se generaban estados de ansiedad,  demencias, enajenaciones mentales,  locuras, etc… como lo ocurrido a la candelariera Inocencia Cruz Coello que a finales del verano y principios del otoño de 1935 fue motivo de varios artículos en el periódico “Hoy” debido a que era mantenida recluida en su casa sentada en el suelo mediante un cepo que le aprisionaba las piernas para evitar su movilidad, por lo que fue llevada al manicomio de la capital y según empezó a tener una alimentación en condiciones y a ser tratada médicamente comenzó a mejorar.
Nada más sabemos de Inocencia, más allá de esos hechos, desconocemos si logró finalmente ser curada de su demencia, si regresó nuevamente a Candelaria o si tuvo descendientes. Hoy solo exponemos su caso como ejemplo de las discapacidades que padecieron nuestros antepasados debido a las hambrunas que pasaron.





—¿Ha venido el medico a verte? —No, señor. Somos muy pobres. Mi abuela no tiene dinero ni yo tampoco. Quiero que me saquen de aquí, que me vea la luz del sol; quiero pasearme al aire libre, distraerme y me pondré buena. Además, tengo hambre. Quiero comer. No me dan sino agua.
 La abuela interviene. —Eso es mentira —dice— porque se te da de comer.
—¿Qué le dan de comer? —Por la mañana un poco de café y leche y a la noche algo de cena. —¿Nada más que eso? — ¿Qué más le voy a dar? Yo vivo de limosnas. Eso que come Inocencia se lo manda un hermano.
—No, medicinas, nada. Si la recetaran y la cuidaran bien, creo que se pondría buena, porque ella es modosita y cariñosa.
Reanudamos la conversación con Inocencia, que ha seguido con atención las palabras que hemos cambiado con la abuela.

—Trabajaba vendiendo pescado y también en los tomates. Estuve en las fincas de don Modesto Campos, en Güímar. Yo lo que quiero es que no me tengan aquí como un perro, en este suelo y sin comer. Tengo hambre. ¡Por Dios, denme algo!  Señor... le voy a decir una cosa. Oí el otro día a mi abuela hablar de manicomio. ¿Por qué? Yo no necesito Manicomio sino un médico y, comida y que me curen.













21 oct 2016



Cha Carmela y Enriqueta Alonso. Un ejemplo de recuperación de la transmisión oral familiar.


La tradición oral, es la forma de la que nos hemos valido durante generaciones, para transmitir conocimientos y experiencias adquiridas en el pasado a las nuevas generaciones.


De esta manera, nuestra sociedad ha podido transmitir su historia, tradiciones y otros conocimientos a través de generaciones sin usar la escritura. Lo cual, era algo que no estaba al alcance de la mayoría de la población de nuestros pueblos y por eso el analfabetismo afecta a una buena parte de nuestra población de ancianos.


Una cosa, es la transmisión oral colectiva de una comunidad, y otra es la transmisión oral familiar. En este último caso, la transmisión oral recae fundamentalmente en las personas mayores del entorno familiar. Y en los últimos tiempos, creemos, que la historia familiar no se está transmitiendo como hasta hace unas décadas atrás. Encontrándose esta transmisión en un serio retroceso debido,  principalmente, a dos causas: la primera que nuestros mayores ya no están llegando a la ancianidad en las mismas condiciones mentales en que lo hacían sus antepasados, y la segunda por la desestructuración de las familias.


Por ello, es que surge esta parte previa de nuestro proyecto, la publicación de los extras de información que hemos recopilado, para intentar rescatar esa transmisión de conocimientos familiares, fomentando el intercambio  de “cuentos”, opiniones y cualquier tipo de anécdotas en el seno de las familias para propiciar con ello la reactivación de la tradición oral familiar y la colectiva en los pueblos de nuestro entorno. Con el fin de lograr, con ello, un reseteo de “la historia familiar” y evitar que desaparezca, fomentando que sea recogida  en el seno de las familias. Y al mismo tiempo que las familias tengan una excusa para hablar e intercambiar vivencias.


Esta experiencia no es nueva en nuestro municipio, por lo que queremos destacar dos publicaciones que nos han sido de gran utilidad para nuestro proyecto, ya que albergan infinidad de acontecimientos y personajes  de los pueblos de las medianías de Candelaria.


La primera nos fue de gran ayuda, ya que cuando casi estábamos iniciando este proyecto, una familia de Araya publicó en formato libro la vida de su abuela. La cual se narra de una forma amena y cercana utilizando como base los “cuentos” que esa abuela le hacía a sus descendientes, siendo una de sus bisnietas, Texeneri Delgado Higuera, la que casi 10 años después del  fallecimiento de cha Carmela Díaz , que así se llamaba esta abuela, la que transcribió esos “cuentos”. En un principio, pensando en el ámbito familiar, pero fue tanta la trascendencia que tuvo la vida y las enseñanzas que transmitió cha Carmela que su “librito” voló de casa en casa y de pueblo en pueblo. Su éxito de divulgación, estuvo, a nuestro juicio, en que no estaba hecho para trascender al ámbito público, se creó para un ámbito familiar y privado y en una forma narrativa “antigua” que ni la autora quizás sabía que estaba utilizando. Usó la forma narrativa de su bisabuela, la del “cuento”, la de la transmisión oral contada en forma de historias y por eso caló entre aquellas personas que lo leyeron y entre las que continúan haciéndolo. Por ello nos sorprende que  casi ocho años después de haberse publicado y pese a la importancia que creemos que tiene, este libro no esté disponible en las bibliotecas del municipio. 



La segunda ha sido también publicada en formato libro recientemente por el ayuntamiento de Candelaria: “Enriqueta Alonso Pérez en diez historias”, con características similares al de Cha Carmela. Y en el que por medio de las historias ("cuentos") que contaba Enriqueta Alonso sobre su vida se dan a conocer una serie de personas y hechos históricos de relevancia para nuestro proyecto.


 

Ambos libros son lecturas cercanas, porque las identificamos como algo familiar,  pero es que además son educativas e introductorias de la historia local reciente. 


Por ello, esperamos que las diferentes publicaciones que vamos subiendo a este blog reactiven en sus familias la tradición oral familiar y vayan acopiando información para poderla confrontar y contrastar con la que nuestra Guía Genealógica pretende aportarles.



14 oct 2016



Origen de Araya, tierras que se llamaban en tiempo de guanches Xiban .


Por los libros de Datas de Tenerife, sabemos que tras la conquista de la isla, el Adelantado Alonso Fernández de Lugo, procedió al repartimiento de tierras entre los conquistadores castellanos, “canarios” (indígenas de Gran Canaria que colaboraron en la conquista de Tenerife y La Palma)  y a  escasos guanches (indígenas o “naturales” de Tenerife). Entre las tierras otorgadas en el Valle de Güímar, hemos de destacar, las que en el año 1514 (nº 1086 doc. 43)  se concedieron a Miguel de Güímar natural y vº desta Islaen la zona:


“… encima de Nª. Sra. Candelaria, q. eran campos de los guanches, q. se llamaban en tiempo de guanches Xiban”.



Sabemos que, tanto Miguel de Güímar, como sus hermanos Antón Azate, Simón de Güímar y María de Güímar (también llamada María Fernández) tuvieron que ser guanches destacados para que les fuesen concedidas tierras tras la conquista, aunque no consta que fuesen de la familia del mencey de Güímar. Miguel de Güímar continuó viviendo en el valle y se casó en con doña Isabel (hija de Adjoña, mencey de Abona), de cuya unión fue hijo Pedro Miguel el cual casó con María Hernández (hija del guanche Gonzalo Guanicas del bando de Anaga) .




Parte de las tierras  concedidas a Miguel de Güímar quedaron, toponímicamente, deslindadas el 3 de marzo del año 1574 (60 años después de haber sido otorgada la Data) cuando María Hernández, la viuda de su hijo Pedro Miguel, procede a hacer testamento ante el escribano Sancho de Urtarte:


 “… declara que Pedro Miguel heredó de su padre, Miguel de Güímar, cierta cantidad de tierras en Ntra. Sra. de Candelaria lindantes con el barranco de la huerta y la noria de los frailes de Ntra. Sra. de Candelaria a dar a la fuente de Chilse, con el barranco de la Cruz del Conde que dicen por nombre Chaxacoy y Araguygoña y por la banda de arriba Chafa cortando a la fuente…







“… con las demás otras que lindan con estas tierras, por la parte de abajo con el camino real que va a la ciudad, …”







“ … ,con la vena de la mesa, aguas vertientes a las dichas tierras y con el roque de Chafa…” 







Por lo que de este testamento de María Hernández,  deducimos que ella y sus hijos eran propietarios de una gran extensión de tierras que,  partiendo desde el camino real que va a la ciudad llegaban hasta Chafa y la fuente de Chilse (actualmente fuente de Chese) y que limitaban  por uno de los laterales con la vera de la Mesa a aguas vertientes (hacia el Valle) y por el otro lateral con el barranco de la huerta y la noria de los frailes (actualmente llamado de los Guirres en su desembocadura y en la zona alta del Rincón y  Achacay) y que es el límite divisorio físico entre las tierras de  Araya y Las Cuevecitas. Tierras que como hemos podido ver eran propiedad de guaches (que también fueron llamados “naturales”).





Estas tierras que habían quedado recogidas, como ya hemos dicho anteriormente, en los libros de datas  y quese llamaban en tiempo de guanches Xiban, vienen a conformar, lo que en la actualidad es la demarcación geográfica y de asentamiento del pueblo de Araya.


Pero el nombre de Araya, no consta por escrito en ningún otro documento (que conozcamos) hasta que en abril de 1574 , Diego Moreno, hijo de Pedro Miguel y María Hernández, acuerda ante el escribano Sancho de Urtarte el arrendamiento de un pedazo de tierra en  el término de Araya. Siendo esta, como hemos dicho, la primera vez que se cita en un documento escrito el nombre de Araya y esto ocurrió tan solo sesenta años después de habérsele concedido a Miguel de Güímar (abuelo de Diego Moreno) en 1514 las tierras quese llamaban en tiempos de guanches Xiban”.


Existe otro documento de 1576, escriturado ante Sancho de Urtarte, en el que se dispone la dote matrimonial de  Francisca Pérez (que fue hija de Miguel Hernández y nieta de  Pedro Miguel y María Hernández), en la que se indica que se le concedenpara sustentar la carga del matrimoniovarios pedazos de tierrasito en Araya, entre los que destacamos por los topónimos que se mencionan:


  •          3 fanegasde Chicora para arriba. El topónimo “Chicoro” existe actualmente en Araya, es la parte central del pueblo y en la que se concentran todos los servicios del mismo.

  •          4 fanegasde la medida para arriba. El topónimo “La Medida” también ha persistido  hasta nuestros días y marcaba el límite inferior o de entrada al pueblo y coincidía con el camino viejo o camino real del sur. Recordemos que María Hernández en su testamento fijó el límite inferior de sus propiedades en, por la parte de abajo con el camino real que va a la ciudad, en este lugar.




Esta dote matrimonial de  Francisca Pérez y la ubicación de estas tierras tienen una gran importancia porque la evolución de las diferentes familias, que descienden tanto de Francisca Pérez, como de sus tíos Diego Moreno y Juana Pérez (todos ellos descendientes de Pedro Miguel y por tanto de Miguel de Güímar),  estará muy vinculada a estas tierras en Araya – Xiban,  parte de las cuales, aún hoy en día, sus descendientes continúan conservando, ya que las vienen heredando desde que en 1514 le fuesen concedidas a su antepasado  Miguel de Güímar  por el Adelantado Alonso Fernández de Lugo.


Cabe resaltar que entre las familias que descienden directa o indirectamente de Miguel de Güímar y que aún continúan asentadas en Araya están los Díaz, los Chico, los Rodríguez o los Torres (que a groso modo puede ser el 70% de la población actual de Araya). Y rara es la familia que aún portando otros apellidos no hayan emparentado en algún momento con estas, incluido las familias de más raigambre en Las Cuevecitas o Malpaís, pueblos estos en el que, por ejemplo, la familia Rodríguez ("los Pina"), descendientes directos de Francisca Pérez, esta emparentada con casi todas las demás.


Estos hechos, nos ratifican en la expresión que usan nuestros mayores: ¡eso es más viejo que Araya!, pues efectivamente Araya (en tiempos de guanches Xiban) viene de muy atrás, de muy viejo.


Un motivo más para enorgullecernos de nuestros orígenes y respetar la tierra en la que vivimos y que ha visto nacer y morir a muchas generaciones de nuestra gente.


Gen de Candelaria - Elías Torres







Biografía:

  1.  Las Datas de Tenerife. Elías Serra Ráfols.
  2. El Valle de Güímar en el Siglo XVI. Protocolos de Sancho de Urtarte. Miguel A. Gómez Gómez.






7 oct 2016



Nicolás Marrero Díaz. El arayero que fue alcalde de Santa Úrsula.


Los lazos de parentesco  que existen entre los habitantes  de los diferentes pueblos de las medianías de Candelaria y los pueblos de los municipios que componen la Comarca de Acentejo tienen su explicación,  si tenemos en cuenta la gran afluencia de peregrinos que procedentes de esta zona de la isla se acercan cada año a las fiestas de la Virgen de Candelaria y que desde la antigüedad acceden a pie hasta Candelaria siguiendo los diferentes caminos reales.


Los habitantes de los municipios de Tacoronte, El Sauzal, La Matanza y La Victoria, por ejemplo, cuentan con más lazos de parentesco con los habitantes de Igueste debido a que  los caminos reales que conducen desde los diferentes pueblos de esos municipios  confluyen en la cumbre de Candelaria en el lugar de Las Lagunetas y desde ahí descienden siguiendo un único camino real por el Valle de Igueste hasta Candelaria.


Pero en cambio, los lazos de parentesco  de los habitantes de Araya, Las Cuevecitas y Malpaís  se concentran mayoritariamente en un solo municipio de la Comarca de Acentejo, con Santa Úrsula  y eso también tiene su fundamento en la existencia de un  camino real o ruta de peregrinación, el cual parte desde Santa Úrsula  y desciende por Malpaís donde se une con el camino real que viene desde La Orotava, pasando por Arafo. Pero los peregrinos también se desviaban en su descenso a Candelaria por los caminos secundarios que unen las tierras de Chivisaya, con los pueblos de Las Cuevecitas y Araya.


Por eso, son muchas las familias de nuestro entorno, que en el pasado contaban con familiares en Santa Úrsula, algunas de las cuales los han mantenido hasta hace pocas décadas, como pasa, por  ejemplo con los Díaz, con los Castro, con los Otazo, con los Pérez, con los Marrero, o con los Torres.

En esta publicación, queremos referirnos a uno de nuestros paisanos que “viró de la cumbre pa’ atrás”, para trasladarse a vivir al pueblo de La Corujera, en Santa Úrsula.


Tuvimos constancia de la existencia de descendientes de la familia Marrero en Santa Úrsula por medio de dos entrevistas. Una realizada a doña Ramira Díaz Ramos y la otra a don Valerio Pacheco Marrero, por medio de las cuales nos describieron sus lazos de parentesco con estos Marrero “del norte”. Y tirando de la hebra localizamos en La Corujera a doña María del Carmen Marrero García, pudiendo con ello completar esta rama familiar de santaursuleros – arayeros.



Nicolás Marrero Díaz nació en Araya en 1846 y se estableció en Santa Úrsula en el año 1868  tras contraer  matrimonio con la santaursulera María del Rosario Guzmán Noda, de cuya  unión tenemos constancia que nacieron los Marrero Guzmán: Marcelino Antonio, Pedro Pablo, Cristina, María y Miguel Jacinto. 

Esta unión matrimonial propició que, a posterior, otros paisanos de estos pueblos continuasen emparentándose y estableciéndose en ambos pueblos.


Don Nicolás se crió en una familia de agricultores con cierta formación e importancia. Su abuelo Francisco Anastasio Marrero García, fue  un destacado agrimensor y por tanto, de las escasas personas de la zona que contaba con un título profesional adquirido mediante el estudio. Suponemos, por ello, que don Nicolás contó con cierta formación, al igual que sus hermanos, que sí que nos consta que la tuvieron,  ya que fueron una rara excepción al saber leer y escribir en unos tiempos en los que  ese hecho era algo excepcional en nuestros pueblos. María Marrero Díaz,  “María la cabezuda” , la única hermana que tuvo, fue la única mujer que sabía leer y escribir con fluidez a principios del XX en Araya y nos extrañaría que en Las Cuevecitas y Malpaís hubiera habido alguna otra mujer con esos conocimientos. Su también hermano Pedro Pablo Marrero Díaz, es aún muy recordado por haberse destacado en el acogimiento  de muchos emigrantes de nuestros pueblos que tras su llegada a Cuba se establecían en su finca “La Macagua” de Güínes (provincia de La Habana), hasta que él les buscaba un trabajo. 


Por medio de los Boletines Oficiales de la época tuvimos constancia de que don Nicolás había tenido una vida pública destacada en Santa  Úrsula a finales del siglo XIX y principios del XX,  llegando a ser miembro de jurados populares, presidente de mesas electorales y concejal. 


Boletín Oficial de Canarias ( 4 de marzo de 1896). 
 



Boletín Oficial de Canarias ( 4 de agosto de 1902).





La vida pública de don Nicolás Marrero Díaz lo condujo a asumir el cargo de alcalde del municipio de Santa Úrsula durante un periodo, que nos conste, de dos años, de 1904 a 1906. Cargo que volvió a desempeñar por unos meses en 1908. 


 Boletín Oficial de Canarias ( 8 de julio de 1904).

 Boletín Oficial de Canarias ( 12 de septiembre de 1904).

 Boletín Oficial de Canarias ( 16 de mayo de 1906).

Boletín Oficial de Canarias ( 6 de noviembre de 1908).


La primera mitad del siglo XX fueron tiempos difíciles para todos. Por ello, no idealicemos y pensemos que los cargos que ocupó don Nicolás libraron a su familia de las penurias de esa época,  especialmente fueron muy duros para algunos de sus descendientes, que terminaron regresando a su Araya natal donde tuvieron una vida de lo más desdichada y carente  de los más mínimos recursos. 


Por tanto, los actuales descendientes de don Nicolás Marrero Díaz, en Santa Úrsula y en Araya, que en su gran mayoría desconocen estos hechos, a partir de hoy tendrán un motivo más para enorgullecerse de sus orígenes. 


Gente humilde, sencilla,"sin pompa" y que también tiene su historia. Historia... que se ha perdido y entre los objetivos de nuestro proyecto está rescatarla del olvido.




Para ampliar información recomendamos:



  1.  Don Francisco Anastasio Marrero García (1791-1879). Octavio Rodríguez Delgado.


30 sept 2016



El nombrete de los Higuera


Como ya hemos comentado en otras publicaciones, para poder profundizar en el origen de las familias que desarrollamos en la Guía Genealógica, ha sido fundamental y de gran importancia, “la tradición oral familiar”. La tradición oral, con el paso de los años, suele distorsionar los hechos reales o no ser muy acorde con los mismos. Pero este, es  otro de los casos en los que ,esa transmisión de conocimientos no se ha distorsionado y se ha mantenido fiel a la realidad y al igual que nos pasó con el caso de Juana Chico Díaz, entre las muchas entrevistas realizadas, solo obtuvimos una referencia concreta sobre estos hechos.

Una de las ramas de la familia Higuera, ha hecho un  importante esfuerzo para conservar su legado oral  familiar, sin el cual, no hubiéramos podido acceder a desvelar su pasado. Además, esto cobra mucha más importancia si se tiene en cuenta que esta información se lleva transmitiendo, aproximadamente, dos siglos y creemos haberla recuperado en un momento crítico, cuando sólo uno de los miembros familiares, es quien la conoce con exactitud.

En las entrevistas realizadas a los miembros de más edad de la familia Higuera, que vivían y viven en la zona, por ejemplo, los hermanos Higuera del Castillo: Inés, Felipe o Amado, o los hermanos Higuera Rodríguez: Juan o Adolfo, nunca supieron decirnos con “ un cierto rigor” la procedencia de su apellido y por tanto, de su familia, más allá de que llegaron a Araya procedentes de Igueste y tras comprar, su abuelo Fermín Higuera Marrero (bisabuelo para los Higuera Rodríguez) a principios de 1900 la finca conocida como “ del médico Llarena” .

Lo cierto es que, nos encontramos con un verdadero escollo, al indagar en el pasado de esta familia, porque no podíamos retroceder más allá del año 1812 debido a que en los libros de matrimonio de la Parroquia de Santa Ana, no se dejó constancia de que el primer Higuera que se inscribió hubiese tenido un origen distinto al del pueblo de Igueste o al de la zona de Candelaria.Y para más inri la familia Higuera no estaba presente en el padrón de 1779 en ningún pueblo de Candelaria. La conclusión era que la familia Higuera no tenía un pasado en la zona de Candelaria con anterioridad al año 1812.

Por lo que nuestra búsqueda, por mucho que insistimos, no dio fruto, hasta que tuvimos la fortuna de localizar a una fiel transmisora de la tradición oral de esta familia, la señora Amparo Higuera Álvarez, que nos relató la historia del origen de su apellido tal cual se la transmitió su padre, Fermín Higuera Díaz, y a este el suyo. Quitándonos con ello un concepto  que teníamos preestablecido en cuanto a que creíamos que la tradición oral se conserva mejor en las zonas rurales que en las urbanas. Y no es así, se conserva mejor allí donde sus transmisores han hecho un especial hincapié y esfuerzo en conservar y transmitir los conocimientos familiares del pasado.

La tradición oral en la familia Higuera dice que:

… un antepasado de esta familia, que se llamó Juan, desarrolló en exceso su orgullo y arrogancia para defenderse de las bromas y desprecios que, por su origen como hijo de madre natural le hacían.  Juan del Carmen López, que así se llamaba, vivía en Igueste en una casa que la cubría una hermosa higuera y por ello se le empezó a llamar “Juan el de la higuera” queriendo, también, hacerle así, un desprecio sobre su origen como hijo natural. Esto provocó que, Juan del Carmen tomase una decisión para parar esas burlas y desprecios y desvincularse del apellido López,   "yo soy Juan Higuera y a mí nadie me pone un  nombrete", cambiando con ello drásticamente el apellido originario de su familia, pasando desde ese momento a ser Higuera.

¿Cómo consiguió establecer o fijar el reconocimiento oficial de ese nuevo apellido?, lo desconocemos, pero sí que  logró su objetivo en escasos 25 años si tenemos en cuenta las anotaciones de las actas de bautizo y matrimonio de su hijo mayor, que fue inscrito en el momento del bautizo (año 1787) con apellido López y al contraer matrimonio en el año 1812, ya consta inscrito con apellido Higuera. Hechos estos que se repiten en todos los hijos de Juan del Carmen López.

Este nuevo hilo de información nos permitió retroceder en el origen de esta familia rápidamente, aunque nos supo a poco, porque solo llegamos hasta principios de 1700, última fecha a la que hemos podido acceder.
Pero aportándonos otra nueva y gran sorpresa, la familia López se asentó en Igueste procedente de Araya, donde vivió a principios de 1700 el último (o primer) López al que accedimos. Los Higuera son una familia cuyo origen, por ahora, queda establecido en el pueblo de Araya y no en el de Igueste como se creía.

Lo cual nos hace plantearnos algunas preguntas: ¿conocía Fermín Higuera Marrero sus orígenes arayeros cuando dos siglos después compró su propiedad en Araya?, ¿compró esa propiedad por alguna razón determinada?. Las respuestas y las muchas preguntas, que a buen seguro, se les vendrán a sus cabezas tras la lectura de esta publicación, le tendrán que dar respuesta en el futuro otras personas o historiadores que se interesen por profundizar en los orígenes de esta familia arayera - iguestera que convirtió su nombrete en apellido en un acto de orgullo y arrogancia para defenderse de las bromas y desprecios que por su origen como hijo natural se le hacían.


Estos hechos que les relatamos, nos llenaron de alegría por haber podido dar respuesta a un hecho que nos tenía bloqueados en el progreso de la investigación de esta familia. Pero a la vez, nos embargó una pena indescriptible, porque ya no estaba con vida una de las personas que más hubiera agradecido conocer estos hechos, doña Inés Higuera del Castillo , una erudita del costumbrismo de nuestros pueblos, una apasionada del saber sin cuyo apoyo anímico, moral y la gran cantidad de datos e información que nos aportó no hubiéramos podido iniciar este proyecto.


 Que sirva esta publicación como una muestra más de lo muy agradecidos que le estamos por su indispensable colaboración.



* Amparo, GRACIAS por ser el vínculo transmisor. 

24 sept 2016



María Marrero Castellano, la amancebada que no podía ser enterrada en el cementerio católico.


En la publicación anterior leímos como Juana Chico Díaz en 1933, a sus 86 años, definía que su vida había estado dedicada a la actividad de "parir y criar hijos". Pues esas palabras son las más acertadas para  resumir la vida de las mujeres de épocas no tan lejanas: "parir y criar hijos".


A medida que nuestro proyecto iba progresando fuimos adquiriendo un conocimiento más profundo de las condiciones de la vida de las mujeres hasta tiempos muy recientes, gracias a lo que deducíamos de los documentos y lo que nos iban transmitiendo las personas que entrevistábamos. A las mujeres se las adiestraba para las funciones femeninas que la sociedad les atribuía como “naturales”: la maternidad, el cuidado de los niños y niñas, la preparación de las comidas y en otra multitud de labores “propias” del sexo femenino.  Funciones, todas ellas, de puertas para dentro, porque de puertas para fuera se reservaba a los hombres.


No somos historiadores ni sociólogos y, seguramente no podremos explicar académicamente esta cuestión, pero con esta publicación pretendemos llamar la atención de ustedes sobre las condiciones de vida que tuvieron en tiempos pasados las personas que son la piedra angular de la vida humana, la raíz y tronco de las familias, las mujeres, las madres, las que sin su “parir y criar hijos” ninguno estaríamos aquí. Esta experiencia nos ha despertado un enorme respeto, orgullo y un cúmulo de sensaciones inexplicables hacia las mujeres del pasado y, especialmente, hacia las que nos parecen aún más desprotegidas: las “madres naturales o solteras”, ya que,  en realidad, todas las mujeres estaban desprotegidas porque, a nuestro juicio, carecían de muchísimos derechos que, hoy en día, nos parecen esenciales e inherentes a cualquier ser humano, por el mero hecho de serlo.


Las madres naturales o solteras son las que nuestra cultura popular rural ha definido siempre como aquellas mujeres “que se echaron al verde”. Mujeres que fueron “demonizadas” bajo la excusa de proteger la moral y las buenas costumbres de las familias, sin tener en cuenta, o aún sabiéndolo, ignorándolo y peor aún ocultando los motivos por los que estas mujeres adquirían esa condición. La gran mayoría de ellas no llegaban a esa condición por decisión propia, principalmente eran seducidas o se dejaban engañar por falsas promesas de uniones matrimoniales que las sacara de su pobreza o que las convirtiera en las matriarcas de una familia “bien constituida” en la cual el hombre fuera el proveedor  de la casa y de la familia. Promesas que acababan incumpliéndose y como bien reflejó el dicho popular: "todo es prometer hasta meter, y una vez metido, olvida lo prometido". Otro porcentaje de estas mujeres eran forzadas o violadas, incluso por sus propios familiares, pero no olvidemos que en la sociedad rural en  la que vivían nuestros antepasados el derecho de  pernada fue algo que existió y que le concedía a “los señoritos” ciertos derechos. También hay que contabilizar a las viudas, madres que se quedaban desprotegidas y sin recursos para sacar a sus hijos y su familia adelante por el fallecimiento del varón proveedor de la casa, muchas de ellas mantuvieron relaciones con hombres “religiosamente” casados, de toda condición social, como resultado de la doble moral impuesta, las famosas dobles vidas. Y no podemos olvidarnos de las “abandonadas de la emigración” porque los maridos al emigrar normalmente rehacían sus vidas en su nueva patria.

Y con el embarazo llegaba el repudio social, incluido el de la familia, porque ello evidenciaba ante los ojos de la sociedad que estas mujeres mantenían relaciones sexuales fuera de la institución matrimonial, lo cual se consideraba inmoral, siendo esto el inicio de un calvario para estas madres y sus hijos e hijas. 

No pensemos en ellas como “mujeres de vida alegre”, todo lo contrario, sus vidas fueron muy penosas.


Sobre nuestra protagonista de hoy, María Marrero Castellano, desconocemos si fue o no madre natural o soltera, suponemos que sí, pero de ella y sus posibles descendientes ignoramos todo. Hoy mostramos aquí su caso, no por sus antepasados o por sus descendientes, sino por ser un ejemplo de las situaciones injustas a las que se enfrentaban las mujeres y las personas que no estaban de acuerdo, y por tanto desoían, las normas sociales y religiosas en un pasado no tan lejano. Estos hechos ocurrieron hace tan solo cien años y en nuestro entorno y con nuestros antepasados como protagonistas.


Les exponemos unos hechos ocurridos en Candelaria en el año 1916, y que fueron publicados en el Boletín Eclesiástico del Obispado de Astorga (2 de enero de 1919) y donde podremos ver como a una mujer por haber vivido “amancebada” (convivió con un hombre sin estar casada) le fue negado el enterramiento en el cementerio católico de la Villa y, al haber desoído esta prohibición, las personas que le dieron sepultura en este camposanto, tuvieron que afrontar un juicio por delito de inhumación (enterramiento) ilegal, con una condena de dos meses y un día de arresto y el pago de una multa de 150 pesetas.  


Sobre inhumación ilegal.
En la villa y Corte de Madrid, a 19 de Junio de 1918, en el recurso de casación por infracción de ley que ante Nós pende, interpuesto a nombre de Pedro Manuel González contra sentencia de la Audiencia de Santa Cruz de Tenerife, pronunciada en causa por inhumación ilegal:  Resultando que Ia indicada sentencia, dictada en 10 de Enero último, contiene el siguiente:
 << Resultando probado, y así se declara, que María Marrero Castellano, que públicamente había vivido amancebada en el pueblo de Candelaria, negándose a contraer matrimonio canónico, falleció sin recibir los Santos Sacramentos en dicho pueblo el día 10 de Marzo de 1916, y al siguiente día el procesado Juan Castellano Marrero pidió al Cura-párroco permiso para enterrarla en el cementerio católico, a lo que aquel se negó por las razones apuntadas, designando la nave Sur del Cementerio civil, y esto no obstante, dicho procesado recabo del Alcalde y secretario del Ayuntamiento de Candelaria la entrega de Ia llave del Cementerio católico, ocultándoles la prohibición del Párroco, y ayudado de los otros dos procesados Francisco Marrero Castellano, en rebeldía, y Pedro Manuel González, comenzó a cavar la fosa en la nave central del Cementerio católico, lo que les prohibió el Sacristán y Conserje del Cementerio, y como no le hicieran caso avisaron al Cura, el que se constituyó en el Cementerio y reiteró su negativa a que se inhumase en aquel sitio el cadáver de la María Marrero, lo que sin embargo verificaron en el sitio en que cavaban la fosa>>:


Resultando que dicho Tribunal condenó a Pedro Manuel González, como autor de un delito de inhumación ilegal, comprendido en el artículo 349 del Código Penal, sin la concurrencia de circunstancias modificativas de responsabilidad criminal, a la pena de dos meses y un día de arresto mayor, multa de 150 pesetas, con la accesoria de suspensión de todo cargo y derecho de sufragio durante la condena, y al pago de las costas:
Resultando que, a nombre del procesado, se ha interpuesto recurso de casación por infracción de ley, fundado en los números 1.°, 4.° y 5.° del artículo 849 de la ley de Enjuiciamiento Criminal, citando como infringidos:
1.° Los artículos 1.° y 349 del Código Penal, por no decirse en la sentencia recurrida la Ley o Reglamento que se encuentran violados; y el hecho de enterrar un cadáver en el Cementerio católico podría ser infractor del artículo 1.° de la Ley de 29 de Abril de 1855 y de su Real orden aclaratoria de 28 de Febrero de 1872, cuando haya pertenecido a persona muerta fuera de comunión católica, y no existiendo esta declaración en los hechos probados, en los que sólo consta que vivía amancebada, negándose a contraer matrimonio canónico, falleciendo sin recibir los Santos Sacramentos (que no aparece que se negara a ello), y siendo un acto de jurisdicción que corresponde al Ordinario y no al Párroco; y no habiéndose practicado las diligencias eclesiásticas necesarias, por lo que, no habiendo decisión con arreglo a las leyes de procedimiento de garantía para la justicia del fallo, el cadáver de María Marrero se encuentra enterrado en lugar sagrado sin infracción de alguna Ley, y los que así lo hicieron nunca pudieron cometer delito.


2,° El artículo 9.° en su circunstancia séptima o la análoga a la misma, comprendida en la octava del mismo, porque la idea de que una persona iba a ser enterrada en lugar distinto de las otras fuerza la libertad de tal manera que impide exigir una responsabilidad normal, no sólo en un pecador que carece de instrucción, como ocurre en el presente caso, sino hasta entre otras personas más instruidas.
3.° El artículo 14 del Código Penal, porque, aun en el caso de que los hechos fueran delictivos, de los hechos probados se ve que el procesado no intervino más que en hechos de ejecución de delito, prestando siempre ayuda, palabra que la misma sentencia consigna para determinar la participación de los hechos del mismo, o sea la complicidad en la idea más vulgar, doctrina admitida por la jurisprudencia en sentencia, entre otras muchas, la de 4 de Marzo de 1904: Resultando que en el acto de la Vista fue impugnado por el Ministerio Fiscal:  
Visto, siendo, Ponente el Excelentísimo señor Magistrado D. Manuel Pérez Vellido: Considerando que el recurso de casación deducido al amparo del número 1.° del artículo 84 de la ley de Enjuiciamiento Criminal sólo permite discutir, según tiene declarado con repetición esta Sala, si se han penado como delito hechos que no lo son, pero no si los afirmados por el Tribunal u quo integran alguno de los definidos legalmente como tales, aunque sea distinto del calificado y castigado por el referido Tribunal:


Considerando, esto sentado, que aun admitiéndose que los hechos declarados probados por el fallo, objeto del presente recurso, no fueran constitutivos del delito comprendido en el artículo 349 del Código, por estimarse fuera de su alcance y sanción, y sujetos al conocimiento de una jurisdicción distinta de la criminal, ya que consisten concretamente en haberse dado sepultura en sitio destinado a cementerio público, como es el católico, al cadáver de una persona en atención tan sólo a haber fallecido ésta fuera del seno de la Iglesia, como los procesados realizaron el referido sepelio des-obedeciendo abierta y reiteradamente las precisas órdenes en contrario del Cura-párroco, autoridad eclesiástica competente con arreglo a los Sagrados cánones para decidir de momento sobre tal ex tremo, dado el apremio de las circunstancias, y sin perjuicio de la ulterior resolución del Prelado de la Diócesis, es indudable que los mencionados hechos integrarían en todo caso el delito que prevé y castiga el artículo 265 del repetido cuerpo legal, siendo por tanto improcedente el recurso por su primer motivo: Considerando que, para que pudieran ser estimadas las circunstancias séptima u octava del artículo 9.°, sería preciso la existencia de motivos graves susceptibles en el orden natural y humano de excitar el ánimo del agente, carácter de que carecen los aducidos en el motivo segundo y que se hacen derivar de la necesidad urgente de dar sepultura al cadáver en el mismo sitio que los demás y de la carencia de instrucción de los procesados;

Considerando que el motivo tercero y último es igualmente infundado, puesto que el recurrente tomó una parte directa en la ejecución del acto punible, no sólo cavando la fosa en unión de otros dos hombres, sino sepultando en ella el cadáver a pesar de la prohibición que le hicieran primero el Sacristán y Conserje del Cementerio y después personalmente el Cura-párroco;
Fallamos que debemos declarar y declaramos no haber lugar al recurso interpuesto por Pedro Manuel González, a quien condenamos en las costas y al pago, si mejorase la fortuna, de 125 pesetas por razón de depósito no constituido. Comuníquese esta resolución a la Audiencia de Santa Cruz de Tenerife a los efectos oportunos.
Así por nuestra sentencia, que se publicará en la Gaceta de Madrid e insertará en la Colección legislativa, lo pronunciarnos, mandamos y firmamos.—Andrés Tornos . —Federico Enjuto.—Ricardo J. Ortíz.— Manuel P. Vellido.—Francisco Mifsut.—Luis Rubio.--Teodolfo Gil. Publicación.—Leída y publicada fue la anterior sentencia por el Excmo. Sr. don Manuel Pérez Vellido, Magistrado del Tribunal Supremo, celebrando audiencia pública su Sala de lo criminal en el día de hoy, de que certifico como Secretario de ella.
Madrid, 19 de Junio de 1918.—Licenciado Octavio Cuartero.
(<<Gaceta de Madrid>>, 3 de Septiembre de 1918, anexo núm. 3., pp. 114 y 115.)




Por lo  que hemos leído María fue finalmente enterrada en el cementerio católico y sus restos reposan en ese camposanto. 


Luchas como éstas, que las desconocemos por completo, son la base de los derechos indiscutibles con los que  las mujeres cuentan hoy en día. Luchas cercanas, en nuestro entorno y como protagonistas  nuestros antepasados.







Para ampliar información recomendamos:


  1.  El "Cementerio del Convento" de Candelaria (1843 - 1918). Octavio Rodríguez Delgado.